domingo, 1 de febrero de 2009

Acerca de la felicidad

Durante la Navidad y la entrada del año nuevo hemos deseado felicidad a muchas personas. Algunas son familiares o amigos, otras simplemente conocidos, y otras ni eso. Algunas veces se dice, otras se escribe, otras se simplemente se piensa... pero, ¿realmente se sabe qué es lo que se está haciendo? ¿Qué es eso que le deseamos a los demás o para nosotros mismos? "Felicidad" no es un término fácil de definir; copiemos de cualquier otra página algunas definiciones ilustres:

«La felicidad consiste principalmente en conformarse con la suerte; es querer ser lo que uno es.»
Erasmo de Rotterdam

«El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que se necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia.»
Oscar Wilde

«El hombre más feliz del mundo es aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y pueda alegrarse del bien ajeno como si fuera propio.» 
Johann Wolfgang Goethe

«Esperar una felicidad demasiado grande es un obstáculo para la felicidad.» 
Fontenelle

«No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir.» 
Diego de Saavedra Fajardo

«Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad.» 
Pearl S. Buck

«Ningún hombre es feliz a menos que crea serlo.» 
Publio Sirio

«Felicidad es el sueño del amor y tristeza su despertar.» 
Madame Basta

«La felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación.» 
Immanuel Kant

«Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace.» 
Jean Paul Sartre

«La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.» 
Benjamin Franklin

«La felicidad no está en la ciencia, sino en la adquisición de la ciencia.» 
Edgar Allan Poe

«La felicidad para mi consiste en gozar de buena salud, en dormir sin miedo y despertarme sin angustia.» 
Françoise Sagan

«La felicidad siempre viaja de incógnito. Sólo después que ha pasado, sabemos de ella.» 
Anónimo

«Con frecuencia, algunos buscan la felicidad como se buscan los lentes cuando se tienen sobre la nariz.» 
Gustavo Dorz

«La felicidad no es algo que se experimenta sino algo que se recuerda.» 
G. Tohre

«El hombre más feliz es el que hace la felicidad del mayor número de sus semejantes.» 
Denis Diderot

«No hay deber que descuidemos tanto como el deber de ser felices.» 
Robert Louis Stevenson

«El querer lo es todo en la vida. Si queréis ser felices lo seréis. Es la voluntad la que transporta las montañas.» 
Alfred Victor

«El bien de la humanidad debe consistir en que cada uno goce al máximo de la felicidad que pueda, sin disminuir la felicidad de los demás.» 
Aldous Huxley

«No soy feliz, ni falta que me hace.» 
Albert Einstein

Algunas de estas definiciones me parecen acertadas pero, no con todas estoy tan de acuerdo. En cualquier caso, hay definiciones mucho peores... como la que da la Real Academia Española: «1. f. Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien.» —¡Toma ya! ¿Alguien dudaba después de leer mi anterior entrada que el accidente de la forma del lenguaje condiciona profundamente nuestra manera de pensar? Reconozco que la Real Academia Española refleja el real estado del uso actual del lenguaje, no es responsable de nada, pero, así nos va... En el Merriam-Webster "happiness" se relaciona con "joy", y éste de nuevo con la posesión, aunque al menos no es tan explícito y se dan más opciones.

Es de aceptación general (creo) que "felicidad" no es simplemente una emoción, sino más bien un estado consistente en "vivir bien" (que termina siendo recursivo), aunque también se suele reducir a "placer"—"SEXOO!!" estais pensando, a que sí, ¿eh, pillines? "PODERR!!" "DINEROO!!" "DROGASS!!" "FUTBOOL!!" "COTILLEOOS!!!" No falta el economista, que ve la felicidad como la zanahoria del burro—sí, lo que según alguna fábula se le pone por delante para que ande, eso es... pero termina midiéndola como el PIB. Para que el que sea americano sea más feliz debe, además, ser republicano. El estadista dice que ser español, o ingés, alemán, colombiano u omaní es preferible a ser francés, portugués, argentino, chino o japonés; pero es peor que ser canadiense, escandinavo, suizo o costarricense. Si eres ruso, pakistaní o africano, pues estás jodido. Mientras, el científico descubre que al final depende de los genes.

Es curioso observar la evolución en occidente de lo que se considera en cada época como necesario para acceder a la felicidad. En la gloriosa Grecia, Sócrates recomendaba conocerse a uno mismo, Platón comprender la esencia de las cosas, Aristóteles cultivar la areté. Los estoicos, más simplones, recomendaban ser objetivos y razonables. Luego la Cristiandad aplazaría la verdadera felicidad hasta después de la muerte, y la Ilustración la rescataría para el éxito individual. En medio de la instrumentación cuantitativa del utilitarismo, los románticos revindicaban las emociones y el amor. Freud psicoanalizaba el tema en base a oscuras motivaciones subconscientes, y los existencialistas la consideraban un mito (para bien o para mal). Luego salieron cienes y cienes de libritos de auto-ayuda y sistemas para ser felices.—Mmm, los lectores astutos seguro habrán notado ya que estoy omitiendo algo...

[Banda sonora dramática con cuerdas, timbales y arpa; narra Constantino Romero]
...Profundamente impresionado al contemplar por casualidad el sufrimiento humano, del cual había sido celosamente protegido durante toda su juventud, Siddhartha Gautama renunció a su vida palaciega, y vagó por los mundos meditando el tema. Por fin, tras varios años de intensa búsqueda, una noxe estrellada, sentado bajo un árbol llegó a la conclusión que marcaría el resto de su vida, y el destino de medio oriente: [leve suspense] «El sufrimiento surge de la ignorancia» [Silencio] A partir de entonces se le conoció como El Buda. [Gran final con cuerdas, trompas, etc...] —¿Ignorancia? Pero si precisamente nosotros tenemos a la ignorancia como felicidad... ¿No es mejor muchas veces no enterarse de lo que está pasando? —Supongo que la gracia estará en qué es lo que ignoramos.

En mi opinión, lo que nos ha llegado del budismo a los occidentales es tan críptico que resulta prácticamente incomprensible. Es ya de por sí un tema bastante difícil, muy abstracto, pero mucho más por estar mal traducido o expresado de una manera inapropiada para nuestra mentalidad actual. Eso de estar originalmente escrito en sánscrito o en pali tampoco ayuda mucho, y el chino posterior tampoco nos ayuda; además, los sutras están dispersos y son en volumen como cientos de biblias. Si a eso sumamos nuestra superficialidad innata, al final sólo tenemos una masa deforme de prejuicios inútiles, estereotipos estúpidos y mitos acerca del budismo. Pero, ¿a qué se refería Buda? ¿Qué es lo que hay que saber, o no ignorar, para ser felices? —Básicamente se refería a no engañarnos a nosotros mismos.

La ignorancia en el budismo recibe un tratamiento sorprendentemente técnico y estructurado, que no me interesa replicar aquí. Los principales engaños son los que he intentado diluir en anteriores entradas del blog: Las divisiones que hacemos a la realidad son arbitrarias e impermanentes, incluyéndonos como tales. Sin embargo, ¿en qué modo puede el saberlo ayudarnos a ser felices? ¿Es realmente la ignorancia de sunyata (vacuidad sustancial, o arbitrariedad, como yo le estoy llamando aquí) la fuente de nuestras desdichas? ¿De qué vamos por la vida, a la deriva? En verdad es muy simple: No necesitamos nada.

Cualquier sentimiento de necesidad es artificial e innecesario. Todos los instintos son mecanismos afinados por evolución para que la vida continúe, no para que nosotros como egos egóticos continuemos; es muy importante comprender esto. También hay que comprender que el eco del instinto llega muy lejos, y muy distorsionado. Juzgamos sólo por simplificar, creamos expectativas pensando que lo/s demás está/n para servirnos de algo, pensando que debemos poder controlar la situación y nuestra vida (incluso las de los demás), imaginamos historias en un intento totalmente absurdo de prever, y acaparamos con miedo de perder un valor que sólo nosotros damos a las cosas. Pero una simplificación no debe considerarse sentencia, cualquier expectativa es una papeleta para que te toque una desilusión, no controlamos una mierda de lo que sucede en nuestras vidas (hay catástrofes naturales, errores humanos, y muchísimos detalles importantes se nos escapan), los sueños no son más que pura inercia descontrolada, y el miedo es exactamente igual al desconocimiento.

Hay una base limpia y clara en todas nuestras experiencias. No se entristece por saber que lo que vivimos ahora no durará para siempre, y que no podrá repetirse, que no somos tan importantes. Hay perfección en la flor marchita, en la puesta del sol, en el anciano enfermo, en las rebajas de enero, en el huracán, en la lotería, en la luna... Hay felicidad en todas las cosas. Tal vez no la reconozcamos porque nos hemos creado una expectativa deformada por el egoísmo, pero siempre ha estado aquí... en nosotros.

lunes, 25 de agosto de 2008

Repost

Entradas rescatadas de mi tentativa de blog en el Spaces de Windows Live, junio de 2005:

Porco Rosso


El maestro Miyazaki consigue romper con Porco Rosso todos los cánones sobre el anime y las películas de ficción. Ambientada en una entreguerra de fantasía, la acción discurre en el mediterráneo, donde construye una fábula en la que se nos hace soñar con la figura del piloto de hidroavión, el único personaje equidistante entre el cielo y el mar, mercenario sin batalla que nos divierte con sus azañas, fruto de su propio aburrimiento. Cargada de imaginación y ternura, la perfecta ambientación de Porco Rosso nos hace dudar si realmente existieron esos lugares del adriático, ese ambiente de fiesta y de piratas aéreos de pacotilla... una obra magna digna de ver.

Nauru y Tuvalu


Nauru es un pequeño estado en la Polinesia con unos 10.000 habitantes. Consta de una única isla de formación coralina, cuya meseta central tiene una altura de unos 60 metros y está formada por la acumulación de caquita de pájaros. Al parecer, esta montaña de mierda en medio del Pacífico sufrió un periodo de sobreexplotación de su meseta constituyente, ya que la combinación del guano con el coral resulta ser un buen fertilizante, convirtiéndola en lo más parecido a un paisaje lunar. El gobierno de la isla intenta compensar esta decadencia ecológica y paisajística fomentando la pesca y convirtiendo al estado-hez en un paraíso fiscal.

Tuvalu es otro mini-estado de la Polinesia formado por una serie de arrecifes, con una población de 12.000 habitantes, cuya mayor elevación no supera los 5 metros. Se teme que sea el primer país del mundo en desaparecer con la subida de los océanos, pero mientras tanto sustentan su economía en la pesca, la emisión de sellos totalmente inútiles para aficionados a la filatelia y el arrendamiento de su sufijo de internet ".tv" a una empresa estadounidense.

lunes, 18 de agosto de 2008

Acerca de nosotros

En mi anterior entrada acerca de la realidad, exponía que el hombre la "percibe" a través de simplificaciones sensoriales y conceptuales, exclusivamente humanas, con las que tiende a "humanimizarlo" todo, sin reparar en que la realidad (ahora, antes, y después de nosotros) es independiente de nuestras arbitrarias definiciones. Pero entonces, ¿qué se puede decir acerca de nosotros mismos? ¿somos tan falsos o arbitrarios como nuestros conceptos?

La limitación de nuestros sentidos, la necesidad evolutiva de organizar nuestras percepciones para reaccionar eficazmente, etc., nos ha llevado a conceptualizar. Pero al no ser conscientes de esa visión sintética (como en el ejemplo de nuestra visión en color), olvidamos que somos nosotros los que nos inventamos y desarrollamos tales separaciones y definiciones, y les atribuimos valor de realidad autónoma y auténtica. Pues bien, siguiendo esa misma línea, podemos comprender que, partiendo de las sensaciones sensoriales, que necesariamente dividen el mundo en "observados" y "observador" por geometría, y de ese mecanismo de selectiva recurrencia sensorial y colección de inercias al que llamamos memoria, es inevitable que construyamos un ego. Así tenemos un nombre, una historia (aunque sólo recordemos una ínfima parte de ella), un estilo, muchas presuntas relaciones con muchos presuntos "otros" (objetos, personas, comunidades, ideas...), y un largo etcétera. Sin embargo, ¿qué hay de necesario (o inapelable) en todo esto?

El hecho de que nuestros sentidos funcionen de un modo muy puntual o "subjetivo" es algo a lo que, una vez advertido, no debe dársele mayor importancia. Sería triste que un vigilante de seguridad terminase en crisis de identidad por haber estado horas mirando a los monitores de las cámaras, confuso por experimentar tantos puntos de vista, o que tras escuchar con auriculares una grabación de un concierto no sepamos dónde estamos. La perspectiva asociada a la vista y al oído es simplemente eso, perspectiva geométrica. Sin embargo, ésta alimenta incansablemente una falsa dualidad que está profundamente enraizada en nuestra psique y en nuestra cultura occidental: Nuestro lenguaje es dicotomista en su gramática, separando el sujeto que hace algo del objeto que sufre la acción y de la acción en sí; esta misma tendencia continúa a través de nuestros legados culturales y religiosos, por los que se atribuye al hombre un alma de sustancia divina ("animado"), y se lo coloca en un mundo físico hecho de una sustancia inferior para que lo explote a su antojo ("inanimado")... La memoria refuerza enormemente este fenómeno, ya que alimenta a la consciencia con aún más sensaciones subjetivas, aunque pretéritas.

Curiosamente, lo que justo ahora somos parece fugaz e intangible, pero lo que fuimos sí parece fijo y definitvo; así resulta que estamos más identificados con lo que ya no existe que con lo que realmente es (ahora). Y es cierto que existen puntos de vista subjetivos, capaces de experimentar (consciencias), y que el resto de las cosas (piedras, plantas, ordenadores, personas vivas pero profundamente dormidas...) no gozan de esa capacidad. Pero ¿justifica eso que tales puntos de vista sean tan dualistamente engreídos como para considerarse separados o esencialmente diferentes del resto del universo? ¿No podrían mejor considerarse como pequeñas regiones temporalmente conscientes de este gran cosmos, como una peca es una mancha oscura en la piel, sin dejar de ser piel?

Lo cierto es que mantener cualquier planteamiento distinto a éste (el único acorde con la realidad) resulta ser un error, y como todo error que se precie, se cobra cara su factura. Desde el momento en que la persona se define por separación de su matriz, por una delimitación arbitraria (basada en una falseada selección de recuerdos de instantes que ya no existen), surge el gran demonio: la necesidad. La persona siente constantemente que necesita una infinidad interminable de necesidades, inclusive la necesidad de necesitar. Todas están relacionadas con el error de base, el de la falsa identificación con nuestro punto geométrico de vista y con nuestros recuerdos, aunque lo normal es llevar este error mucho más lejos, al meter en el saco de la identidad diversas ideologías, pedazos de distintas religiones (muchas veces contradictorios entre sí, como creerse católico y también creer en vidas pasadas o en la inevitabilidad del destino), manías, mentiras históricas de tinte nacionalista, odios más o menos atroces hacia otras identidades y un sinfín de imbecilidades que hacen de tal saco lo más parecido al típico bolso de las mujeres (caos que ellas mismas suelen reconocer, así como reconocen lo innecesario del 90% del contenido). Enumerar las necesidades sería cansino e innecesario (...), pero baste decir que, mirando al cielo en una noche estrellada (suponiendo que aproximadamente comprendemos la escena, y no estamos pensando que es una tela negra con puntitos blancos, dispuesta así por un tal Dios) se vuelve algo difícil mantener vigentes tantas necesidades... Pero será que la necesidad de necesitar nos impide que hagamos esta sencilla pero sobrecogedora práctica a menudo, y si la hacemos, consigue que la olvidemos de inmediato o que no afecte lo más mínimo a nuestro planteamiento vital o cotidiano.

Después de todo lo dicho, entonces, ¿qué somos? —Pues no somos el contenido del "saco de identidad", sino lo que arrea penosamente con el saco; no somos nuestros recuerdos, sino lo que los recuerda; no somos ninguna de las emociones que puedan sentirse (ni el miedo, ni la curiosidad, ni la alegría...), sino lo que las siente; no somos (y esta puntilla parece mucho más obvia, pero es idéntica a las anteriores) lo que vemos, sino lo que mira... Es tan simple de entender, que por nuestra inaudita inercia hacia la complejidad artificial resulta casi imposible hacerlo (me refiero hacerlo siempre, no sólo entenderlo durante el momento justo de estar leyendo esto). Y, finalmente, ¿qué es ese "lo" que arrea, "lo" que recuerda, siente o mira? —Un instante.

El cerebro es una máquina de abstracción jerárquica. Partiendo de impulsos sensoriales, pequeños grupos de neuronas realizan reconocimientos de patrones básicos (líneas, intervalos musicales, olores, colores, etc.) y, progresivamente, más y más neuronas reconocen patrones sobre patrones, subiendo cada vez en el nivel de abstracción hasta extremos increíblemente sutiles, como cuando reconocemos por un gesto en falso de alguien que "está aparentando". Esta capacidad de abstraer es troncal a lo que somos. Ser consciencia como sólo un enigmático fenómeno de reflexión no es todo el percal, también hay que contar con este mecanismo de representación abstracta, con el que se termina formando una especie de relación "pizarra–lenguaje". Todo esto nos deja en una curiosa situación, y es que este mecanismo de conceptualización que tantos herrores comete resulta ser imprescindible. Simplemente es lo máximo que ha conseguido el Universo para experimentarse y comprenderse a sí mismo, al menos por estos lares.

lunes, 28 de julio de 2008

Acerca de la realidad

La retina humana sólo tiene conos (neuronas sensibles al color) en un pequeño radio alrededor de su centro, cubriendo un ángulo de poco más que la extensión de nuestra mano abierta con el brazo extendido. Sin embargo, creemos ser capaces de "ver" toda la escena alrededor nuestra en color instantáneamente; es una soberbia reconstrucción por parte de nuestra circuitería neuronal, a un nivel totalmente inconsciente. Además, no hay que olvidar que nuestros colores sólo se corresponden a un ínfimo rango del espectro electromagnético, por lo que hay detalles, diferencias, que nunca veremos directamente. No vemos la temperatura de los objetos (algunas serpientes pueden, y algunos insectos también), y muchos pigmentos de las flores nos son indiferentes porque sólo absorven luz ultravioleta. No nos podemos atrever a decir que vemos la realidad, y con respecto a los otros sentidos, también estamos muy limitados.

Sin embargo, pienso que estas limitaciones de rango (espectral, de intensidad, de escala) son las menores limitaciones que tiene el hombre para percibir la realidad. Y es que el hombre—y la mujer también, porque aquí estoy usando "hombre" como especie—tiende a humanimizar todo cuanto le rodea, y más. ¿Que qué es humanimizar? Pues es el mallor herror, y el más fáscil de cometer, de cuantos se cometen (aunque también podríamos considerar que es el único, por lo que esos dos récords no tendrían mucho mérito). Humanimizar es—a partir de ahora—proyectar cualidades, de origen puramente humano, sobre algo. Es un acto totalmente inconsciente y constante (al igual que la reconstrucción del color de la escena visual que mencioné al principio), que seguramente tenga alguna ventaja evolutiva y tal... pero que también es el responsable de las mayores atrocidades que se han cometido nunca y de las que aún no se han cometido y sin duda se cometerán. Ahora parece—o no, pero es cierto...—que estamos hablando de algo serio.

Permítaseme una pregunta: ¿En el periodo jurásico, había plantas? Yo soy de la opinión de que no las había, y explicaré por qué: No había personas; y las plantas sin personas, no existen. La dificultad de entender este razonamiento radica en arrancar la ontología de la cosa "verde" (que es un color que tampoco existía por aquel entonces, pero no quiero ser demasiado recursivo) que comían los "brontosaurios" (...), de aquella cosa en sí. Es difícil desprenderse del concepto, pero hay que ser capaces de entender que, hasta que no existieron personas con capacidad de poner límites, formas y nombres a las cosas, las plantas (o los brontosaurios) no existieron. Realmente no existieron hasta ese momento, insisto. Si quitamos al hombre del universo (moviéndonos imaginariamente hacia el pasado o el futuro, o tirando una Tzar Bomba en cada continente habitado del planeta) lo que queda es algo, si nos referimos concretamente al caso de la "planta", que no tiene ni una sola de las cualidades que tan intuitivamente les atribuímos, ya que no hay quien sostenga tales cualidades, al extremo de no poder existir como nosotros lo comprendemos ahora, porque ni siquiera tendría límites definidos (que digan donde empieza y termina el objeto) o forma (que clasifique y diferencie una clase o nombre para el objeto).

La diferenciación de la "planta" respecto al "suelo" o al Universo es totalmente arbitraria, humanamente comprensible pero nunca extrapolable a la realidad. Ya no es sólo cuestión de que alguien pudiera consierar eso que llamamos "planta" como "tierra viva que se eleva verticalmente con el pasar del tiempo", sin diferenciarlo del suelo o del planeta, es realmente que cualquier conceptualización de cualquier cosa que esté en nuestra mente es exclusivamente nuestra (desde dioses hasta canicas), y no tiene ningún tipo de independencia más allá de nosotros. Pero esto es muy difícil de "ver". Una prueba obvia de ello es que el hombre suele hacer ciertas preguntas que considera como de extrema importancia, y que, en mi opinión, son de lo más estúpido: «¿Qué sentido tiene nuestra existencia, o la existencia de cualquier otra cosa (la bendita planta, por ejemplo)? ¿Por qué estamos aquí?».

Resulta que, ante estas cuestiones, hay mucho que decir y nada que responder. Primero está dudar de la existencia del "sentido", "razón" o "por qué" más allá de lo humano, lo cultural. Dentro de nuestro sub-mundo mental colectivo, las cosas pueden muy bien tener una razón para existir (como el Chiki-Chiki—perrea! perrea!), pero buscar esas razones "desde fuera" puede ser un error. Fuera de nuestra querida humanidad, no existe el concepto de "razón", ni el lenguaje en el que expresarla, ni sujeto que sujete tal "razón"—curioso juego de palabras... Realmente ni siquiera "sucede" algo, pues "suceder" implica una diferenciación entre instantes del tiempo y del espacio que es totalmente arbitraria (humana), por lo que fuera nuestra no se necesita razón alguna. Segundo está dudar sobre del objeto de estas preguntas, ¿sobre qué "nosotros" o "yo" se pregunta el por qué de su existencia?. Pero este segundo punto es profundo de tratar, y lo dejaré para otra entrada del blog.

Y es que la realidad es simplemente como es, no como nosotros imaginemos que sea. Hay algo que me encanta de cómo la física moderna (la relatividad y la mecánica cuántica) nos enseña sobre la realidad, y es que consigue que el hombre se estrelle contra sus propias "mentiras" y limitaciones: Un fotón—retomando el ejemplo de nuestra visión—es algo que, sin tener masa en reposo, y sin poderse detener, acelerar o ralentizar, es a la vez algo que puede asemejarse a una bolita que impacta en un punto exacto contra una pantalla (o nuestra retina) y algo que puede asemejarse a una onda que se hace interferencias tras pasar de manera fluida y simultánea por dos rendijas en un obstáculo. Además, no podría "percibir" ni el tiempo ni la distancia, ya que un fotón tarda (para él) nada en llegar a todos los lugares. Es un objeto (o fenómeno) tan extraordinariamente "raro", o con un comportamiento tan chocante o incomprensible que resulta... totalmente inimaginable. Pero yo digo: ¡Por supuesto que nos es inimaginable! ¡Todo lo real es inimaginable!

jueves, 24 de julio de 2008

Bienvenidos a mi blog

Han pasado siete años. Antes tenía una página web en Lycos, donde se mostraban las fotos de mis viajes por Europa, mi música, y algunas chuminadas. Era un reflejo bastante fiel de aquella época de mi vida. Primaba el tener presencia en la web y compartir interesantes imágenes de viajes, mp3 camuflados como ficheros de otro tipo (Lycos cercenaba los mp3) y anodinas memeces, por mantener el contacto con muchas personas que no tenía cerca.

Pero después cambié de ambiente, empecé a bailar latinos y a conocer muchísima gente. Todo cambió, y yo, en parte, también. Aquella página web fue quedándose obsoleta, y no la mantuve actualizada por falta de tiempo y de ganas. Finalmente se fue al carajo. En efecto, tras más de un año sabático vino la epopeya para terminar la carrera, los trabajos temporales, mi trabajo actual...

Sabemos de sobra lo importante que llega a ser un trabajo en la vida de una persona. Comencé echando más horas que la puerta; era un trabajo absorvente, un marronazo del quince que nos arrebató (a mí y a mis compis) bastantes fines de semana y la sensación general de tener vida propia. Luego evolucionó a algo más ilusionante, cambió el horario y volví a disponer de tiempo propio (incluso pude volver a dar clases de tango), pero degeneró, y actualmente lo calificaría de sodomizante, aburrido o inútil...

Vino la decepción, la enfermedad, el Zen, Japón... claramente mi página web del 2000-2001 podría considerarse hoy un fósil. Y hoy, en mi primer día de mis mini-vacaciones, inauguro éste mi blog: es el retonno. ¿Qué tengo pensado poner aquí? Pues las cosas que he ido y vaya aprendiendo, mi punto de vista; básicamente lo que me salga del bálano... ya que si no, no sería un blog.